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Un Día, Una Ducha, y el cabo Gutierrez.
Se larga el día: suena el despertador, no se llama Manuel ni Miguel, su nombre es Luciano, que no es Lucía, es Luciano. Es cerca de las 630 de la mañana, apenas ve los números a través de sus lagañosos ojos pero él está vital. Ocurre que hace una semana sabe que hoy, a las 830 am tiene una entrevista, una de trabajo, de ese trabajo que siempre quiso hacer en ese lugar donde siempre quiso trabajar. Con esa vitalidad latente, el tipo se levanta contento y se mete en la ducha...Al ratito nomás oye el grito de su querida madre que quemó todas las tostadas y por rasparlas se le quemó la leche, que hirvió y rebasó apagando el fuego de la hornalla que ahora tira y tira gas sin parar. La vieja quiere evitar la pérdida y atina a cerrar la perilla pero pucho, el adorable ovejero de la casa, salta por una tostada golpeando a la vieja que cae, volcándose toda la leche encima y ahora grita y grita.
Entonces sale abruptamente de la ducha, se resbala en el piso del baño lastimándose la pierna derecha pero ágilmente se yergue y acude en auxilio de su madre que ya se lamenta como una condenada. La trata de levantar pero resulta imposible puesto que la vieja está vieja y gorda, y él esta todo enjabonado, por lo que junto con el perro ladrando y comiendo tostadas quemadas, componen una escena circense.
Suerte para ellos que el Tito, diarero de la esquina, oyó los gritos y llamó a una ambulancia que ya está en camino, aunque no llega y la vieja llora y grita.Por eso Luciano pone en marcha la camioneta y con ayuda del tito y la bety (Antigua vecina) la suben en la cajuela (a la madre de él porque bety tiene unos bollos en el horno y quisiera ir pero se me queman mi querido) y sale disparado para el hospital, por que el griterío del geronte ya es insoportable y el gas no para de salir, el agua no para de correr, el perro no deja de ladrar y por sobre todas las cosas el tiempo no deja de pasar.
Llegando al hospital un dolor abrupto, agudo y potente lo invade en la pierna lastimada generando una contracción involuntaria, que desemboca en una maniobra en contramano justo para chocar con la ambulancia que salía hacia su domicilio.
Luciano totalmente desnudo, asido únicamente de su salida de baño y cubierto de jabón yace en el piso inconsciente la vieja que se olvida del dolor propio pero siguen los gritos, aunque ahora se deben a ver a su querubín tendido, los enfermeros que increpan a Luciano por ir contramano él que no oye nada, el tiempo que sigue pasando y ya son como las ocho.
La ART que avisa que el chofer de la ambulancia se accidentó, su hermana, la única familiar en la ciudad, que sale disparada a verlo.
Despierta al lado de su madre (que finalmente no era para tanto, una quemazón de nada, solo unas ampollitas) en una habitación del hospital; en otra cama, el chofer y la hermana que llega, luciano que ya me siento mejor pero tengo hambre. ¿Que hora es?
El perro que ya no ladra porque el gas hizo efecto, la policía que llega al domicilio a pedido de cacho, el vecino de enfrente. El Tito que trata desesperadamente de explicar lo ocurrido al cabo Gutierrez que discute con el agente Lopez sobre como actúar en el asunto. Como nadie responde los llamados tumban la puerta ante la perplejidad de Tito que, extenuado, ya grita cualquier cosa; Lopez que duda y enciende un pucho, el gas que se enciende, y la casa que explota el agua que cae, el fuego que se apaga y el siniestro que se evita.
La hermana del chofer que llama al trabajo para indicar que notifiquen a Luciano Silva que la entrevista se suspende. Luciano que escucha, la entrevista que se hace en el hospital la vieja que ya no se queja, el perro que ya murió y el trabajo es suyo señor pero nadie trae el desayuno y ya son como las doce y tengo un hambre terrible. Y así no se puede.
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